Por Teófilo Benítez Granados, Rector del centro de Estudios Superiores en Ciencias Jurídicas y Criminológicas (CESCIJUC).

El bono demográfico mexicano presenta desperdicios que trasladan los problemas económicos y educativos en un problema social que no puede soslayarse.

Esta es la historia: Las características estructurales de los países en desarrollo como México, y el ámbito en el que se desenvuelven las universidades, implican reorientar las instituciones de educación superior.

En México, el rumbo transitado es oscilante. En la mayoría de los casos en función de inacabados proyectos sexenales. Deambulamos entre la masificación de la educación superior y su posterior elitismo. Asimismo, se crea una discusión estéril sobre la preeminencia de la educación pública o privada.

Si bien el proyecto de educación superior no debe ser unívoco, pues la diversidad enriquece la visión, la unidad si debe concretarse en cuanto a un proyecto de crecimiento. En él deben concentrarse las características innatas de nuestro país, el potencial específico de nuestra gente y los proyectos aptos a ofrecerse al mundo.

El Estado, en su calidad de ente regulador y, en sus posibilidades de ejercicio del poder, tiene la misión de implementar un proyecto de educación superior con un sentido de urgencia.

La coalición de fuerzas debe ser pronta, pero al unísono, cuidar la inclusión de todas las voces.

No se requiere de un organismo que aglutine a unas cuantas universidades en un monótono ritmo de improductividad. Se necesita sacudir los cimientos, honestidad en la presentación del proyecto, pasión por sacar adelante lo que continuamente se restringió.

Las mentes más potentes y capaces encuentran refugio en instituciones extranjeras que les proveen de todo aquello que necesitan. Se les arropa, estimulan, hacen más ganadores a los ganadores.

Éstos suman sus fuerzas creadoras a organismos extranjeros, a instituciones multinacionales. Allá hacen sus vidas, allá crecen y tienen a sus hijos. Luego, pasado el tiempo, regresan a dar conferencias, a mostrar que pueden alcanzar sus sueños, proveer a la humanidad de nobles proyectos académicos de otras naciones, son lo que les proyectan.

La actual cobertura de matrícula es significativamente menor, no sólo en comparación con los países altamente desarrollados, sino a naciones de similar desarrollo económico como Brasil, Chile y Argentina. Es incluso inferior al promedio actual de América Latina, que es de 37%.

A la baja cobertura en educación superior en nuestro país se suma el problema de los jóvenes que no estudian ni trabajan (“ninis”). Es cerca del 22% de la población total entre los 12 y los 29 años. Es decir, 7.8 millones de jóvenes entre estas edades están en esa condición.

Esto, además de ser un desperdicio del llamado “bono demográfico” con que cuenta nuestro país, es literalmente una bomba de tiempo, ya que los jóvenes excluidos de la educación media y superior, están permanentemente expuestos a graves riesgos, incluyendo delitos, actividades ilegales y adicciones.

El reducido número de jóvenes que tiene acceso a la educación superior en nuestro país no es sólo un asunto educativo o económico: es un problema social.

La falta de esperanza en el futuro es, quizá, el peor lastre que puede arrastrar un ser humano. Pero la solución es posible y está a nuestro alcance.

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